domingo, 22 de marzo de 2015

Kaliningrado

Esta ciudad, capital de la región de Kalinigrado, territorio ruso separado completamente del resto, fue antes de la Segunda Guerra Mundial capital de la región de Prusia, territorio ligado siempre a Alemania. Pero su nombre era otro... Köningsberg. Este nombre sí que les suena más ¿verdad?
Esta cuidad ha sido la cuna de personajes ilustres como el filósofo Immanuel Kant, que jamás abandonó la ciudad; los matemáticos Christian Goldbach y David Hilbert o el escritor y compositor alemán E. T. A. Hoffmann.

Pero en esta entrada no hablaré de ninguno de ellos, sino del matemático y físico Leonard Euler, que mientras residía en Berlín en 1736, siendo profesor en la Academia y tutor de la sobrina del rey de Prusia Federico II El Grande; escuchó de los puentes de la capital, Köningsber, siete en total, que conectaban dos de las islas de la cuidad con las orillas del río Pregel.

Euler resolvió matemáticamente el conocido como Problema de los puentes de Köningsber, que consistía en saber si era posible cruzar los siete puentes cruzando cada puente una sola vez. Domostró que era imposible, mediante su Teoría de grafos, la primera sobre este campo de las matemáticas.

Aparte de iniciar el campo de los grafos, Leonard Euler fue un gran matemático, conocido por su número e, número real tal que la derivada de la función f(x)= e^x en el el punto x=0 tiene de valor 1; siendo el primero en utilizar la notación f(x) para referirse a una función de variable x, la recta de Euler, que une el baricentro, ortocentro e incentro de un triángulo regular; la Teoría de números, basada en el estudio del matemático francés Pierre de Fermat, etc.

Su contribución al mundo, a pesar de su ceguera a partir de 1735, que empezó siendo parcial, pero finalmente por culpa de unas cataratas en su ojo sano pasó ser total, fue enorme, aumentando la admiración de la sociedad una vez estuvo ciego, ya que mantenía plena su labor intelectual, calculando de cabeza y dictando los resultados a su hijo. Su capacidad de cálculo fue tal que, a su muerte, el matemático y filósofo francés Nicolas de Condorcet dijo "Il cessa de calculer et de vivre".

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